He retomado el viaje, por fin.
Pero antes de dejarme llevar por nuevos caminos, siento la necesidad de nombrar esos tres lugares que, sin hacer ruido, me sostuvieron cuando todo estaba quieto.
Fueron mi resistencia silenciosa, mi manera de quedarme cuando no podía avanzar, el refugio donde aprendí que incluso la inmovilidad tiene su propio movimiento.
Castellón: el punto firme del corazón
Castellón no fue una elección romántica, sino una elección de vida.
Es donde vive mi hijo, y eso basta para convertirla en un puerto seguro.
A veces me quedaba allí a propósito: una cena juntos, una charla, un abrazo capaz de poner orden incluso cuando todo lo demás era un desastre.
El lugar donde me detenía con Ettore no tenía nada de poético: aparcamientos anónimos, calles anchas, supermercados enormes.
Pero era funcional, práctico, necesario.
Y sobre todo allí, en su ITV, por fin desbloqueé el problema de la homologación.
Un detalle técnico que, sin embargo, lo cambió todo: desde ese momento el viaje pudo continuar.
Castellón fue eso: un lugar que no eliges por su belleza, sino porque lo necesitas.
Y a veces lo que necesitas es exactamente lo que te salva.
Burriana — el mar como terapia
Cuando el calor se hacía insoportable, cuando la cabeza daba vueltas sin sentido, cuando necesitaba aire, me movía a Burriana.
Aquí la magia es sencilla: aparcamientos frente al mar, sin complicaciones, sin prohibiciones, sin estrés.
Abrir la puerta de Ettore y encontrar el horizonte ahí, tan cerca, fue un lujo que no olvidaré.
Días de playa, de descanso absoluto, de deporte mínimo, de silencios que curan.
El mar como pausa, como respiro, como medicina.
Burriana fue mi paréntesis de ligereza. Un lugar que no te pide nada y te lo da todo.
Benicàssim: mi pequeño refugio
Benicàssim fue mi base, mi punto de apoyo, y también, un poco, mi lugar del corazón.
Pequeña, ordenada, viva.
El aparcamiento de autocaravanas no era gran cosa, pero era seguro y estaba cerca de todo, y eso basta cuando vives sobre cuatro ruedas.
Sus playas son hermosas, distintas, cada una con su propio carácter.
Y luego estuvo la Vía Verde: once kilómetros caminando por la antigua vía del tren, entre calas y miradores que me llevaron de golpe a mi Cerdeña.
Un recorrido que no es solo un sendero, sino un viaje dentro del viaje.
Un lugar que te recuerda por qué te gusta moverte, por qué te gusta perderte, por qué te gusta encontrarte.
Una costa que llama
He recorrido casi toda la costa desde Cádiz hasta Barcelona, pero la zona entre Valencia y Oropesa del Mar fue la que me habló con más fuerza.
No solo por el mar, sino por todo lo que hay detrás: bosques, montañas, verde, senderos, pueblos pequeños, un ritmo de vida que se parece al mío.
La gente amable (o casi), el aire limpio, la sensación de poder respirar de verdad.
Es una costa que no te grita, te susurra.
Y yo, en este momento de mi vida, necesito susurros.
La pongo entre mis favoritas.
Aún no sé si será hogar, refugio o solo un lugar de paso.
Solo sé que, en un momento en que todo estaba detenido, esta costa resistió conmigo.
Y ahora que el viaje vuelve a moverse, me llevo conmigo esa misma resistencia, como un paso nuevo.







