El viento me pasa entre el pelo como si supiera algo de mí.

La luz del atardecer llega perfecta, suave, casi cómplice.

Las hojas de los árboles hacen ese ruido que parece un lenguaje antiguo, un susurro que reconoces solo cuando te permites ser como eres, sin forma impuesta.

Estoy sentada en una mesa de madera de picnic, en un área tan tranquila que ni siquiera sabría ubicarla en un mapa.

A mi alrededor solo unos pocos campers aparcados: una pareja de holandeses que come paella, una señora alemana sumergida en un libro y un perro que se llama Loca.

Como yo.

Y entonces sonrío, porque ciertas coincidencias nunca son realmente coincidencias.

Es el momento perfecto para abrir el ordenador y escribir.

Y mientras escribo, noto que dentro de mí se mueve algo que aún no sé nombrar.

Quizá es porque siento que este viaje está llegando a su final natural.

No el interno, sino el de las carreteras y los mapas.

Llevo casi cinco meses en ruta, y creo que he conseguido lo que realmente necesitaba: demostrarme que soy capaz, recuperar mi fuerza, recordar quién era.

En los últimos tiempos tenía la sensación de haberme perdido por completo, como si mi voz se hubiera bajado hasta convertirse en un susurro.

El viaje ha sido bonito, lleno, a veces complicado.

Me ha dado naturaleza, paisajes, libertad, ciudades, silencios.

Y, sobre todo, una soledad que nunca había conocido tan de cerca.

Una soledad que al principio me asustaba, luego me enseñó y finalmente me hizo de espejo.

Y quizá por eso, aunque podría seguir un poco más, estoy empezando a pensar en detenerme.

Es bonito estar sola, y nunca habría creído ser capaz de algo así.

Las grandes aventuras siempre las he compartido con alguien: una pareja, mis hijos, los amigos.

Y sin embargo aquí estoy, cinco meses después, descubriendo que sé caminar también sin nadie a mi lado.

Pero ahora siento asomarse otra necesidad: la del calor, la compañía, una presencia que no sea solo la mía.

Y entonces me sorprendo pensando que quizá ha llegado el momento de encontrar un lugar donde detenerme, al menos por un tiempo.

Un lugar donde intentar recomenzar, no desde cero, sino desde aquí: desde lo que he recuperado, desde lo que he entendido, desde lo que he vuelto a sentir.

Y quizá este es exactamente el punto al que he llegado: tengo que elegir.

No porque el viaje termine solo, sino porque soy yo quien debe decidir dónde poner el próximo paso.

Tengo delante varias posibilidades, algunas más sencillas, otras más complicadas pero también más vivas, más tentadoras.

Y sería maravilloso tener una varita mágica, saltar las dudas, ir directa a la respuesta.

Pero no funciona así.

No para mí, no ahora.

Así que me he dado tiempo hasta finales de junio.

Tiempo para dejar que las ideas fluyan de la manera correcta, sin forzarlas, sin convertirlo todo en ansiedad.

Tiempo para escuchar lo que realmente quiero, no lo que sería más cómodo o más lógico.

Tiempo para llegar a mi decisión de la forma más natural posible.

Todavía no sé cuál será el camino.

Pero sé que lo elegiré yo.

Y eso ya es un comienzo.