El amor no es una definición.
Es un movimiento, una corriente que llega cuando menos lo esperas y te cambia la respiración.
No pide permiso: te atraviesa, te revela, te libera de todo lo que no es auténtico.
No sé describirlo: es esa luz que se cuela en los días opacos, esa verdad que te roza y te devuelve al mundo.
El amor, para mí, es una forma de habitar el tiempo y el cuerpo: un ritmo que no controlo, una sinceridad que no puedo fingir, una vibración que permanece incluso cuando todo calla.
Y quizá sea por esta visión tan intensa del amor que nunca logro encontrarle un lugar exacto.
Quizá porque, en algún rincón secreto de mí, sigo soñando como una niña: el príncipe que viene a salvarme, la cama con dosel que me protege del mundo, las telas de raso blanco moviéndose lentas como suspiros.
No por ingenuidad, sino por esa parte de mí que nunca dejó de creer en la belleza.
O quizá porque no puedo aceptar un amor tibio.
Un amor sin pasión, sin intensidad, sin profundidad.
Un amor que no te cambia el aire, que no te atraviesa, que no deja huellas en la piel — no físicas, sino emocionales, esas que sientes incluso cuando estás sola.
Yo no quiero un amor que se conforme.
No quiero un amor que se explique, que se mida, que se controle.
Quiero un amor que se sienta.
Que llegue como una corriente, que ilumine sin pedir disculpas, que te reconozca incluso cuando tú ya no te reconoces.
Crecer, quizá, significa justamente eso: descubrir que el amor no es como lo imaginabas, pero no por eso es menos verdadero.
De niños lo soñamos como una salvación; de adultos lo encontramos como una elección.
Una elección que exige presencia, coraje, sinceridad.
Y aun así, una parte de mí sigue creyendo en la magia, en el misterio, en esa chispa que te hace sentir viva.
Con el tiempo entendí que el amor no es un refugio, sino un lugar en el que aprendes a quedarte.
No te protege de las tormentas, pero te enseña a no huir cada vez que el cielo cambia de color.
No te salva: te acompaña.
Y a veces es justamente eso lo que más asusta.
Porque el amor verdadero no es perfecto.
Es imperfecto, desordenado, a veces incómodo.
Te pone frente a ti misma, te obliga a mirar tus grietas, tus miedos, tus expectativas irreales.
Y, sin embargo, justo ahí, en esa vulnerabilidad que no sabes manejar, nace algo profundamente humano: la posibilidad de ser vista de verdad.
Toda.
Eso es lo que busco: no un castillo de cuentos, no una habitación apagada. Busco luz, intensidad, profundidad.
Algo que no me pida ser menos, sino que me permita ser toda.
Mi corazón ha vuelto a respirar, y esta vez no busca refugios.
Ha dejado de esconderse detrás de las heridas, ha dejado de correr para no sentir.
Ahora late con una calma nueva.
No pide milagros, no exige perfección: quiere una presencia que sostenga mi intensidad, una verdad que no se escape con el primer viento, una profundidad capaz de encontrarse con la mía sin miedo.
Estoy aquí, en este tiempo suspendido en que he decidido detenerme, y justamente desde esta quietud nace una claridad distinta.
Mi corazón está listo para reconocer lo que vibra de verdad, lo que entra bajo la piel, lo que permanece incluso cuando todo lo demás calla.
No busco nada más.
Solo algo así: simple, inmenso, capaz de quedarse a mi lado mientras me convierto en la versión más verdadera de mí.
Toda.



