Soy mar.
Mediterráneo y océano a la vez,
calma que respira y tempestad que no pide perdón.
Soy mistral que llega de golpe,
corriente que arrastra,
ola que te sorprende cuando crees haberlo entendido todo.
Nací en Cerdeña, con el Mediterráneo como primer aliento y la sal como herencia.
Crecí entre rocas que saben a sol y a obstinación.
Atlántica por adopción,
Fuerteventura me presentó el océano de la vida:
más alto, más fuerte, más parecido a esa parte de mí que no había tenido tiempo de mirar.
Yo nunca elegí el agua: fue ella quien me eligió a mí.
El mar me enseñó a respirar cuando duele el corazón.
En este tiempo en el que por dentro todo estaba apretado, confuso, frágil, él fue mi cura.
El sonido de las olas me puso en orden,
el color en la piel me recordó que sigo viva,
la arena ardiente me devolvió al cuerpo,
y cada brazada en una larga travesía acomodó mis pensamientos uno tras otro, como conchas alineadas.
Soy mar: soy sol que seca las heridas,
soy piel tostada que cuenta dónde he estado,
soy sal que arde y sana al mismo tiempo.
Soy mar porque me pierdo y me encuentro en el mismo instante.
Porque tengo la terquedad de las olas que siempre regresan,
aunque nadie las espere.
Porque cuando amo, llego fuerte;
cuando sufro, me retiro;
sano, vuelvo clara.
Mi locura buena vive en los baños nocturnos.
El agua oscura, la luna reflejada, el silencio que se vuelve hogar.
Allí se transforma mi ser: se afloja, se abre, respira.
Soy mar porque no sé ser una sola cosa.
Soy inmensa y agotadora, fresca y necesaria.
Soy color, brío, profundidad.
Soy esa risa que estalla cuando la ola te toma por sorpresa y esa quietud que llega cuando te dejas ir sin resistir.
Y cada vez que me alejo,
una parte de mí se queda allí,
suspendida bajo la superficie,
brillando como un secreto que el mar custodia.
Soy mar,
y aunque a veces cambie de forma,
tarde o temprano me vuelvo a encontrar.












