Durante años creí que tenía un carácter de mierda.
Y luego entendí que tenía razón.
No una razón cualquiera: de esas que te caen encima como una revelación mística mientras intentas convencerte de que no, venga, has mejorado, has crecido, estás más zen.
Y nada: mi zen dura lo que un semáforo en verde.
Durante mucho tiempo pensé que era un defecto, un límite, una especie de maldición genética.
Luego empecé a mirarlo mejor, este carácter de mierda: a estudiarlo, a desmontarlo, a reírme de él.
Y descubrí que no era tan terrible.
Era simplemente… mío.
De niña no era complicada, eso sí.
Era una criatura sencilla, directa, con esa naturalidad que tienen los niños cuando todavía no saben que tienen que gustarle a alguien.
Era alegre, sociable, una de esas que caen bien sin esfuerzo.
No porque brillara más que los demás, sino porque era espontánea, limpia, sin filtros.
Terca ya lo era entonces: si quería algo, lo quería.
Punto.
No por capricho, sino por esa testarudez ingenua que te hace creer que todo es posible.
Mi curiosidad estaba viva, sí, pero no era una exploradora épica: solo una niña que quería entender cómo funcionaban las cosas.
Hacía preguntas, tocaba lo que no debía, miraba siempre un poco más allá.
Nunca fui una gran amiga en el sentido clásico.
Tenía muchos compañeros de juegos, pero pocos realmente cercanos.
No por maldad: simplemente seguía a quien me hacía sentir bien y dejaba ir al resto sin dramas.
Era estudiosa, pero no una empollona.
Hacía deporte, pero no era una estrella.
Era una niña llena, vivaz, con un motor interno que nunca se apagaba.
Una versión de mí que aún no sabía nada del mundo, pero que tenía ganas de intentarlo.
Luego llegó la adolescencia.
Y creo que fue ahí donde lo jodimos todo.
Una mezcla letal de problemas existenciales normales —los que tiene todo el mundo— y otros mucho menos normales, mucho más grandes, que dejaron marcas profundas.
Marcas que no se ven, pero que cambian para siempre la forma en que caminas por el mundo.
Fue en esos años cuando algo se agrietó.
No con un estruendo, sino como una fisura lenta, silenciosa, que se abre sin que te des cuenta.
Un día te despiertas y ya no eres la niña luminosa que lo quería todo.
Eres una chica que empieza a dudar de todo.
Sobre todo de sí misma.
Los sueños, los grandes, los que de pequeña parecían tan naturales como respirar, empezaron a parecerme demasiado lejanos, demasiado ambiciosos, demasiado “no para mí”.
Y así, poco a poco, empecé a acobardarme.
A pensar que no estaba a la altura.
A mirar el mundo como si fuera un lugar donde los demás lo consiguen y tú no.
Y cuando empiezas a sentirte así, el carácter toma el control.
El mío, al menos, lo hizo.
Se convirtió en una especie de guardián armado: brusco, impulsivo, listo para saltar.
Una coraza que hablaba antes que yo, decidía antes que yo, reaccionaba en mi lugar.
Porque si te convences de que no eres suficiente, entonces te defiendes. Siempre.
De todo.
Incluso cuando no hace falta.
Y así, mientras intentaba crecer, mi carácter crecía más rápido que yo.
Y muchas veces… se imponía a todo.
Luego me hice adulta.
O eso dicen.
Yo, sinceramente, todavía estoy buscando el manual.
Lo que sí sé es que mi carácter de mierda no se fue.
Al contrario: se quedó, se sentó cómodo, puso los pies sobre la mesa y dijo “tranquila, yo me encargo”.
Y desde entonces empezó a hacer lo que le daba la gana.
Con el tiempo no se suavizó, no se limó, no se convirtió en algo más manejable.
No. Se… especializó.
Perfeccionó la técnica.
Se volvió más rápido, más preciso, más profesional en crear pequeños desastres sociales.
Cuanto más crecía yo, más emprendedor se volvía él.
Una especie de manager de mis reacciones: siempre listo para intervenir, incluso cuando nadie lo había llamado.
Sobre todo cuando nadie lo había llamado.
Y así me encontré adulta con un carácter que, en vez de calmarse, empezó a hacer networking: discusiones exprés, respuestas afiladas, silencios estratégicos, huidas emocionales, cierres en seco.
Un repertorio completo.
Y la verdad es que sí, me ha creado problemas con la gente.
No siempre, no con todos… pero los suficientes como para desear, a veces, un botón de “mute”.
O al menos un filtro anti-impulso.
Pero nada: mi carácter y yo seguimos adelante así.
Él delante, yo detrás recogiendo los pedazos.
Al final, después de años peleando con mi carácter de mierda, entendí algo simple: que sí, es un caos.
Es impulsivo, incómodo, ruidoso, todo lo que no debería ser.
Pero también es lo que me mantuvo en pie cuando habría sido más fácil derrumbarme.
Es lo que me hizo elegir, cortar, empezar de nuevo.
Es lo que me salvó más veces de las que quiero admitir.
Y además, seamos sinceros: no soy solo un carácter de mierda.
También tengo un corazón decente, un cerebro que funciona, una buena dosis de ironía y una resistencia emocional que ya la quisiera la industria aeroespacial.
No será mucho, pero basta para no odiarme del todo.
Así que hoy convivo con mi carácter como se convive con un vecino ruidoso: lo soporto, me río de él, a veces lo mandaría a la mierda, pero sin él mi vida sería terriblemente aburrida.
Y está bien así.
La perfección no deja huellas.
Yo sí.


