El sol en la piel.
El sonido de las olas.
El mar ahí, al lado, sin necesidad de meterse en él.

No estoy pensando en nada importante.
No estoy programando, organizando, optimizando.

Y esto, para mí, nunca ha sido algo tan natural.

Durante años pensé que estar bien era una consecuencia:
de lo que haces, de cuánto produces, de todo lo que consigues meter en un día.
Como si el tiempo solo tuviera valor cuando está lleno.

Pero yo nunca he sido realmente una persona del “hacer mucho”.
Solo que he vivido dentro de ese “mucho”.
Y durante un tiempo también creí que era la única forma correcta.

Ahora, en cambio, también gracias al estilo de vida que esta aventura me está enseñando, estoy aprendiendo a disfrutar del momento.

En las cosas sencillas.

En una lectura sin prisa.
En un paseo sin rumbo, donde no hay que llegar a ningún sitio, sino observar, pensar, dejar que la mente fluya.

Observar a la gente.
Recuperar recuerdos: los niños aprendiendo a montar en bicicleta, los días de playa en la adolescencia con amigos.

Mirar a las parejas mayores que caminan por el paseo marítimo, de la mano, y pensar que, quizá, algún día, también podría ser yo.

Redescubrir pasiones que había dejado atrás, como volver a patinar.
Y darme cuenta de que hay sensaciones que no cambian: esa libertad, esa ligereza, esa felicidad sencilla de moverse sobre ruedas.
Esos patines un poco vintage, que en el fondo también cuentan algo de mí.

Pararme ante un amanecer, esperando a que el sol asome poco a poco por el horizonte.
O quedarme mirando el cielo cuando se enciende después del atardecer.

Disfrutar de un café hasta la última gota, sin tener que correr.
Sin tener que pensar ya en lo que viene después.

Disfrutar del momento parece un lujo.

Pero quizá no lo sea.

Quizá, en mi vida de antes, no era imposible.
Habría bastado con darme cuenta.

Y dar a esos momentos el valor que realmente tienen.