Esta vida en la carretera es provisional por naturaleza.

Cada parada tiene fecha de caducidad, cada amanecer podría ser el último en ese lugar.

Y es precisamente esta precariedad la que hace que todo sea más intenso, más verdadero.

Día 1 – Playa de la Patacona

A las 6:30 sonó la alarma dentro de Ettore, mi camper, aparcado en un rincón tranquilo entre palmeras y silencio.

Cogí el teléfono, me puse una sudadera y bajé hacia la playa.
La Patacona estaba casi desierta.

Solo algún corredor a lo lejos… y yo.

Me senté en la arena fría, hice algunas fotos de la luz que nacía y después lo apagué todo.

Sin filtros, sin ruido, sin mundo.

Solo el mar transformándose: del gris al naranja encendido, del rosa al dorado.

Me quedé allí más de una hora, inmóvil, respirando ese silencio roto únicamente por el sonido de las olas.

En ese momento no hacía falta nada más.

De vuelta al camper, hice mi ritual diario: cama recogida, un poco de orden, la mochila lista.

Entonces vi los patines de cuatro ruedas.
Cuarenta y cuatro años.

Una sonrisa.

Me los puse igualmente.
Y me fui.

Patiné durante kilómetros por el paseo, con el viento en la cara y ese sonido hipnótico de las ruedas sobre el asfalto.

Llegué hasta Port Saplaya, la pequeña Venecia española, y me perdí entre canales azulados, casitas de colores pastel y barcas que se mecían como en un cuadro.

Patinaba despacio, girando la cabeza como una niña, con el corazón ligero y el cuerpo, por fin, en paz consigo mismo.

Durante una hora no fui madre, ni una mujer de 44 años, ni una viajera.

Fui solo movimiento y asombro.

Por la noche, una cena ligera en el camper, unas páginas de un libro, un par de pensamientos escritos en el cuaderno… y a dormir con el sonido lejano del mar meciéndome.