Después de dos días inmersa en la naturaleza, entre silencios, agua y respiraciones profundas, llega el momento de cambiar de ritmo.

Es hora de un poco de rock and roll.

Salgo temprano, dejando atrás la Albufera.

Los primeros kilómetros transcurren familiares: son los mismos que había recorrido a pie en los días anteriores.

Esta vez, sin embargo, los vivo de forma diferente, con esa sensación de transición que solo los viajes saben regalar.

De la quietud a la ciudad, de la lentitud al movimiento.

La distancia a recorrer no es mucha, pero el tráfico previsto para entrar en Valencia me obliga a bajar el ritmo.

Sin prisa, al fin y al cabo: también esto forma parte del viaje.

Con Ettore, por cuestiones organizativas, hemos decidido ir fuera de la ciudad, en la zona de la playa de La Patacona.

Una elección acertada.

Llego justo a tiempo para encontrar aparcamiento sin estrés.

Cierro todo, organizo las últimas cosas y me preparo: desde aquí empieza otra aventura.

Valencia.

Solo con escribirlo me entra una sonrisa.

Es uno de esos lugares que sueñas antes incluso de vivirlos de verdad.

Cojo el autobús 31.

Con apenas 2 euros me espera un viaje de 26 paradas —sí, las he contado 😢— con una duración total de unos 40 minutos.

Un pequeño viaje dentro del viaje.

Fuera de la ventanilla, la ciudad se acerca lentamente, mientras yo disfruto de este paso gradual, casi cinematográfico, de la periferia al corazón palpitante.

El destino es el Mercado Central.

Y mientras me acerco, ya siento crecer esa curiosidad hecha de colores, aromas y vida auténtica.

Dejo el Mercado Central y empiezo a deambular por la Ciutat Vella, sin un destino preciso.

Como siempre, me dejo llevar por el azar, dejando que sean las calles las que elijan por mí.

Y así, paso a paso, me encuentro frente a la Lonja de la Seda, luego la Catedral, las Torres de Quart, hasta llegar al Portal de la Valldigna.

Me detengo un momento en la Plaça de Sant Agustí para recuperar el aliento.

A mi alrededor hay un movimiento constante: hordas de turistas, grupos escolares, gente caminando sin parar, artistas callejeros, música, voces, tiendas.

Es un caos. Pero es un caos elegante.

Y es imposible no quedarse impresionada.

Retomo el camino, dejándome arrastrar hacia la Gran Vía, y desde allí entro en el Jardín del Turia.

Aquí la ciudad respira.

Hay verde por todas partes.

Bicicletas que pasan ligeras, personas paseando, gente haciendo ejercicio, otros jugando al pádel, algunos disfrutando de un picnic a la sombra.

Es un espacio vivo, pero de una manera completamente distinta.

Un pequeño corazón de tranquilidad en el centro de una ciudad que, un poco más allá, nunca deja de hacer ruido.

Sigo caminando y el recorrido me guía de forma natural hacia el Palau de la Música, hasta llegar a mi destino final.

La Ciudad de las Artes y las Ciencias.

No es la primera vez que vengo a Valencia.

Hace años ya había pasado aquí un largo fin de semana, de esos bien aprovechados, con un día entero dedicado a descubrir la Ciudad de las Artes y las Ciencias: el Hemisfèric, el museo, el Oceanogràfic.

Una inmersión total.

Por eso, hoy, me permito un enfoque diferente.

Después de una larga caminata alrededor de este mundo casi surrealista —porque sí, realmente deja con la boca abierta— y tras las fotos de rigor, imposibles de posponer, decido que es momento de volver.

Y lo hago a pie.

A estas alturas, las largas distancias ya no me asustan.

Aunque, pensándolo bien, quizá no fue la decisión más brillante.

El recorrido me lleva a través de los Poblats Marítims y la Playa de la Malvarrosa, zonas que muchos describen como no del todo tranquilas, especialmente a ciertas horas.

Y, efectivamente… hubo momentos en los que realmente pensé que alguien podría aparecer de la nada.

Así que hice lo único sensato: aceleré el paso.

Y bastante.

Al final llegué a La Patacona con nada menos que 15 minutos de antelación respecto a lo que indicaba el navegador.

Y nada… confirmo oficialmente una teoría fundamental del viaje:

el miedo te hace ir más rápido que la luz.

Subo a Ettore y cierro la puerta.

Fin del día.

Las piernas duelen, la cabeza está llena y el contador de pasos hoy tendría algo que decir.

Por hoy ya he hecho bastante.

Me dejo caer un momento y lo pienso: del silencio de la Albufera al bullicio de la ciudad, hasta esta caminata un poco inconsciente para volver.

Todo sin un plan real. Como siempre.

Y quizá es precisamente por eso que funciona.

Porque al final nunca recuerdo las distancias ni los tiempos.

Solo recuerdo los pasos.