Ha llegado el momento de contar estos cuatro maravillosos días que he tenido el privilegio de pasar con mi hijo.

Sí, creo que es realmente un privilegio.
Porque cuando tu hijo, con casi dieciocho años, decide pasar contigo sus días de vacaciones… no puedes evitar sentirte la persona más afortunada del mundo.

A una edad en la que todo parece tirar en otra dirección —amigos, independencia, nuevos descubrimientos— elegir compartir el tiempo con un padre o una madre no es algo habitual.

Y quizá por eso cada momento adquiere un valor diferente.

Salimos con Ettore, sin grandes planes, más allá de estar juntos.
Y al final, entre caminos improvisados, paradas inesperadas y pequeños imprevistos, nos encontramos viviendo algo que va mucho más allá de un simple viaje.

Porque no han sido solo cuatro días de ruta.
Han sido cuatro días llenos. Reales.

Cuatro días en los que he visto a mi hijo no solo por lo que siempre ha sido… sino por lo que está empezando a convertirse.

Día 1

Salida a la hora de comer, porque él —como buen superatleta— no podía renunciar a sus entrenamientos: saltarse uno es prácticamente inconcebible.

Primera parada obligatoria: comer.

Después de un desayuno “ligero”, me tocó preparar el equivalente a un buey entero.

Con el estómago lleno, retomamos el camino hacia nuestro primer destino: Chulilla.

Había preparado un itinerario, en teoría pendiente de su aprobación… pero más por pereza que por convicción, aceptó todo sin discutir.

Al llegar, encontramos aparcamiento en un pinar lleno de autocaravanas.

Dejamos a Ettore y bajamos hacia el pueblo.

Paseamos hasta los restos del castillo, envueltos en una luz de atardecer increíble, de esas que hacen que todo parezca más mágico y suspendido en el tiempo.

Volvemos a “casa”, donde preparo la cena como en los viejos tiempos: abundante y, siendo sinceros, poco sabrosa 😊.

Ponemos una película, pero duramos poco: el sueño nos vence y caemos rendidos, listos para recargar energías para el día siguiente.

Día 2

Mientras preparo el café, él pone la música.

Había creado una playlist perfecta: una mezcla de buen reggae y de “nuestras” canciones, esas que cuentan nuestra historia sin necesidad de muchas palabras.

Fue la banda sonora de todo el día.

Desayuno abundante, ducha, preparación de provisiones… y salimos rumbo a la Ruta de los Calderones.

Casi 16 km inmersos en la naturaleza más pura. Un recorrido increíble: árboles, ríos, lagunas, puentes… cada tramo parecía distinto al anterior.

La primera parte estaba bastante concurrida, pero pocos decidieron completar todo el recorrido; así que, después de unos kilómetros, nos quedamos prácticamente solos.

Y ahí empezó lo mejor: hablamos, cantamos, compartimos recuerdos, observamos el paisaje… y reímos, mucho.

De esas risas ligeras que salen sin esfuerzo.

Las subidas se hacían notar y los kilómetros también, pero aun así llegamos hasta el final.

Yo, destrozada —porque para seguir su ritmo tuve que alargar las zancadas— y él cansado, pero con los ojos llenos de felicidad: la de quien ha pasado un día en la naturaleza, y conmigo.

Día 3

El día anterior también teníamos el ambicioso plan de visitar el Charco Azul.

Ambicioso porque, haciendo cuentas, significaba añadir otros 8 km a los ya recorridos.

Tras un breve debate entre entusiasmo y supervivencia física… ganó la supervivencia 😄

Cambio de planes: noche extra en Chulilla y despertador al amanecer para afrontar el sendero con más dignidad (y menos ahogo).

Fue una decisión acertada.

El Charco Azul merece totalmente la pena, aunque de “azul” tenía más bien el nombre… pero el ambiente es realmente especial, así que aprobado.

De vuelta a Ettore (que ya es oficialmente casa), comimos con calma y luego retomamos el viaje hacia la siguiente parada: Calomarde.

Dadas las fechas, me adelanté y reservé un aparcamiento justo en la entrada del sendero.

¿Movimiento de viajera experta o de persona previsora? Que cada uno saque sus conclusiones.

Al llegar, sorpresa: el sitio perfecto para abrir el toldo de Ettore y sacar mesa y sillas.

Y entonces fue inevitable: modo camping ON.

La tarde pasó entre risas, relax y esa sensación maravillosa de estar haciendo exactamente lo que quieres, sin prisa.

También estudiamos el recorrido del día siguiente… con la misma seriedad de quienes probablemente acabarán improvisando.

Por la noche, llamada obligatoria a los abuelos y a Samuele para contar la aventura en directo.

Y a dormir pronto, con esa paz que solo dejan días así.

Despertador al amanecer. Esperando que el cuerpo esté de acuerdo.

Día 4

Nuestro día empieza con el buen humor: el sendero del Barranco de la Hoz comienza justo cerca de Ettore, así que esta vez nada de kilómetros extra.

Desde los primeros pasos entendemos que no será un paseo cualquiera.

El paisaje cambia constantemente y parece diseñado para sorprender: pasarelas sobre la roca, pequeños puentes, espejos de agua y una vegetación densa que lo hace aún más especial.

La primera parte es algo más técnica, mientras que la segunda presenta una subida constante que pone a prueba la resistencia.

De vez en cuando paramos para recuperar el aliento… o simplemente para mirar alrededor.

Es imposible no hacerlo: cada rincón merece una foto.

Yo me dejo guiar completamente por mi “guía”, que se encarga de orientarse en cada cruce.

Hace unos años, quizá esta experiencia no le habría gustado tanto… pero hoy es diferente.

El senderismo forma parte de sus estudios, y se nota cuánto le apasiona.

Más que una excursión, parece casi una clase al aire libre —mucho más interesante que química o física.

Completamos el recorrido en forma circular, como nos gusta, para no repetir el mismo camino.

Después de una breve parada en Ettore, decidimos continuar hacia la Cascada Batida.

Y probablemente ahí el día alcanza su punto más alto.

La cascada es realmente especial.

El agua cambia constantemente de forma, el sonido es continuo pero relajante, como una banda sonora natural.

El aire es fresco, vivo.

Es uno de esos lugares que no se olvidan fácilmente.

Tras disfrutarla un rato, emprendemos el camino de regreso con esas imágenes aún en los ojos.

Pasamos la noche a medio camino entre el punto de partida y el siguiente destino.

Al día siguiente retomamos el viaje rumbo a Castellón de la Plana.

Aquí termina una pequeña gran aventura.

En estos cuatro días hemos respirado felicidad y naturaleza, dándonos cuenta —quizá solo mientras lo vivíamos— de lo valioso que era ese tiempo compartido.

Momentos simples, pero llenos. De los que permanecen.

Nuestros caminos vuelven a separarse.

Para mí ha sido una despedida difícil, casi como la primera vez que lo acompañé hacia un nuevo comienzo. Cada vez es distinto, y cada vez duele un poco de la misma forma.

Pero queda una enorme gratitud.

La felicidad de haber compartido este tiempo juntos, inmersos en la naturaleza y lejos de todo lo demás.

Un abrazo de veinte mil kilómetros.

Gracias, mi chico.

Sigue así, siempre.

Estos han sido, de verdad, los senderos del corazón. 💛