Guía no solicitada de supervivencia emocional para conducir una autocaravana
Hay personas que parten.
Luego estoy yo.
Yo no parto: me preparo psicológicamente para partir.
Lo cual requiere unos 47 minutos y medio y un nivel de control que ni la NASA antes de un lanzamiento.
Ventanas cerradas.
Gas cerrado.
Agua cerrada.
Puertas cerradas.
Lo reviso todo.
Dos veces.
A veces tres, porque nunca se sabe si, mientras tanto, alguna ventana decidió abrirse sola.
Luego está Ettore.
Ettore es la autocaravana.
Ettore es grande.
Ettore es aparatoso.
Ettore es, a todos los efectos, la razón por la que nunca dormiré tranquila antes de una partida.
Subo a la cabina y lo saludo, porque sí, yo hablo con mi autocaravana.
—¿Entonces, estás listo?
Él, antipático, nunca responde, pero yo sigo preguntándole.
Miro el espejo retrovisor.
Por costumbre.
Porque con el coche se hace así, ¿no?
Lástima que en la autocaravana el espejo no sirve absolutamente para nada.
Solo muestra una cosa: la cortina que separa la cabina del resto del mundo.
Fin. Ninguna información útil. Ningún tráfico. Ninguna vida.
Solo cortina.
Al principio lo miraba igual, cada vez.
Luego me dije: ok, ya que no sirve para nada… hagámoslo útil.
Y así le escribí encima:
“Cierra gas, agua, ventanas y puertas.
Buen viaje, bonita.”
Ahora sigo mirándolo.
Pero al menos tiene sentido.
Quito los parasoles, preparo el navegador, reviso el CarPlay como si fuera a transmitir en directo para todo el mundo.
Giro la llave.
Cinturón.
Y parto.
Y ahí comienza el verdadero espectáculo.
Al principio soy la definición viviente de ansiedad sobre ruedas.
Silencio total.
Nada de música.
Nada de distracciones.
Si alguien me viera, pensaría que estoy desactivando una bomba, no conduciendo una autocaravana.
Las piernas tiemblan. Siempre.
El cerebro produce escenarios catastróficos en HD:
me quedo atascada
choque
la autocaravana se apaga
tomo el camino equivocado
Respiro.
No sirve de nada, pero respiro de todos modos.
Luego, después de un tiempo indefinido que podría ser de 5 minutos o de 3 horas (todavía no lo entiendo), pasa algo.
Me calmo.
Y llega ELLA.
La voz del navegador.
“Continúa por 60 kilómetros.”
Chicos.
Placer absoluto.
En ese momento ya no soy una persona ansiosa.
Soy una mujer libre.
Puedo respirar. Puedo mirar alrededor. Incluso puedo pensar:
“Wow, qué bonito este lugar, quizá algún día vuelva.”
Sin morir en el intento.
Obviamente, dura poco.
Porque luego llega el siguiente nivel del juego:
el navegador que decide arruinarte la vida.
A pesar de saber:
que estás en una autocaravana
que la autocaravana es grande
que la autocaravana no es una bicicleta
Me dice:
“Gira aquí.”
Y tú giras.
Y te encuentras:
en una carretera de montaña
estrecha
en subida
con 800 curvas
sin un alma viva
El otro día: 40 km así.
Yo en segunda.
Ettore que se queja como un anciano en el tercer piso sin ascensor.
La temperatura subiendo.
Yo pensando: “Ok, se acabó. Viviré aquí.”
Y, por supuesto, nadie.
Nunca un coche, nunca una persona.
Solo yo, Ettore y probablemente algún insecto que nos observa juzgándonos.
Y ahí llega el momento cumbre de mi cordura mental:
empiezo a animar.
Por nosotros.
—Vamos, Ettore, no te rindas.
—Respira. (no sé quién, pero alguien tiene que respirar)
—Lo lograremos.
Si alguien me escuchara desde fuera, llamaría a emergencias.
Pero funciona.
Funciona de verdad.
Y al final, contra todo pronóstico, llegamos.
Estaciono (mal, pero estaciono).
Freno de mano.
Llave girada.
Silencio.
Y yo:
—¡LO LOGRAMOS!
Como si hubiéramos cruzado el Sahara, cuando en realidad solo tomé una salida equivocada y una carretera de montaña.
Pero no importa.
Porque cada vez es así.
Cada vez parto pensando que no lo lograré.
Y cada vez llego pensando:
“Ok… quizá sí.”
Cuando bajo de la autocaravana y cierro la puerta detrás de mí, el viaje no termina de verdad.
Se queda conmigo.
En la respiración que vuelve a ser lenta, en las manos que dejan de temblar, en los pensamientos que finalmente se vuelven ligeros… y en la conciencia de que sí, probablemente hice el estacionamiento más vergonzoso de la historia.
Se queda en esa versión de mí que, unos kilómetros antes, estaba a punto de llorar, gritar o hacer un pacto de paz con Ettore para no tener que conducirlo nunca más.
Y que ahora, en cambio, sabe que sobrevivir al navegador, a las curvas imposibles y al calor de la cabina ya es un pequeño milagro.
Cada vez no es solo un destino alcanzado.
Es un trofeo emocional.
Un diploma no oficial en “supervivencia sobre cuatro ruedas”.
Y entre lo que temo… y lo que, increíblemente, consigo hacer, el mensaje final es claro:
No te vuelvas perfecto al conducir.
No dejes de tener miedo.
Pero ríete de ello. Siempre.
Porque al final, cada viaje con Ettore es la prueba de que se puede sobrevivir a todo… incluso a tu propio pánico. 🚐😂







