COMO EQUIVOCARSE SIEMPRE DE SITIO

Creo que ya lo he dicho en algún momento, pero lo repito:
la parte más complicada de esta experiencia práctica no es conducir, no es vivir en pocos metros cuadrados…
es elegir dónde parar.

Parece algo sencillo.

No lo es.

A veces me siento un genio: llego, aparco, vistas preciosas, silencio, paz interior.
Otras veces, en cambio… mi poca inteligencia, que evidentemente siempre ha estado ahí latente, decide manifestarse toda de golpe.

Ayer, por ejemplo: Alicante.
Después de mil sitios probados y otros tantos “no, aquí no”, estaba completamente perdida.

Y pensar que había salido con una idea clarísima:
parar una noche cerca de la playa, abrir la puerta, escuchar el mar.

Sencillo. Poético. Casi romántico.

Spoiler: no.

También había hecho lo que en teoría era una buena idea: preguntar en grupos de Facebook.
Error.

Porque ahí se abre un mundo:

  • están los wild and free: “vete donde quieras, nadie dice nada, todo el mundo hace la vista gorda”

  • luego están los generales: “solo áreas autorizadas, siempre, sin excepciones”

  • y por último los todólogos, que te explican la vida, la autocaravana y probablemente también el sentido de la existencia

¿Resultado?

Cero claridad.

Pero el nivel avanzado llega cuando abres la app y empiezas a leer las opiniones de otros camperistas.

Es increíble.

Un sitio puede ser:

  • perfecto para un alemán

  • una tragedia para un francés

  • “precioso pero ahora ya no se puede aparcar”

  • “tranquilo pero lleno de gente”

  • “aislado pero ruidoso”

Gracias.

Muy útil.

En un momento dado incluso me paré en un sitio que quizá podía funcionar.
Silencio.

Sospechoso.

Apagué el motor, miré alrededor… y pregunté:

“Ettore, ¿tú qué dices?”

Silencio.

“¿Tú crees que aquí nos multan?”

Silencio.

“Yo creo que sí.”

Arranqué otra vez.

Y entonces entras en el bucle mental:
aquí sí, aquí no, aquí multa, aquí quizá multa, aquí quién sabe.

Y mientras tanto el tiempo pasa, la energía baja y empiezas a bloquearte un poco.

¿El resultado?
Acabé aparcando en medio de la calle.
Un sitio sí tranquilo… pero también bastante de mierda y lejos de todo.

No exactamente la playa.
No exactamente el mar.

Más bien una calle bastante transitada…
con un tren que también pasa.

Apagué el motor.

Silencio.

Luego, lo juro, me pareció escuchar a Ettore decir:

“Bonito sitio de mierda donde me has aparcado, enhorabuena.”

Y la verdad… tenía razón.

Y lo mejor es que ni siquiera fue el punto más bajo.

Porque la noche anterior, en mi intento de “hacerlo mejor”, había encontrado un sitio que parecía perfecto.
Tranquilo. Silencioso. Prometedor.

A las 22:00 empezaron un ensayo con tambores.

No sé muy bien qué era, pero parecía una marcha fúnebre.
Larga. Muy larga.

Y nada, últimamente no acierto ni uno.

La verdad es que quizá no existe el sitio perfecto.
Existe el sitio en el que, en algún momento, dejas de buscar.

Y ayer… fue ese.

Digamos que ayer di lo mejor de mí.
(Ettore un poco menos.)