En este camino que estoy recorriendo, a menudo me encuentro mirándome por dentro.
Y cuando sucede, casi siempre emergen los errores.
Las decisiones equivocadas, los momentos en los que podría haberlo hecho mejor.
Es fácil ser duros con uno mismo.
Pero de vez en cuando también es justo detenerse.
Respirar.
Mirar la propia vida con otros ojos y reconocer lo bonito que hemos construido.
Y si pienso en algo que realmente me hace sentir orgullosa, la respuesta es simple.
Mis hijos.
Quien me conoce lo sabe: tengo dos.
Dos almas que han cambiado mi vida.
Samuele y Mattia.
Era el 15 de mayo de 2006.
Las 7:32 de la mañana.
Lo recuerdo todavía como si fuera ayer.
Me pusieron en los brazos a esta pequeña criatura que lloraba.
Pequeña y preciosa.
El sentimiento que sentí en ese momento fue indescriptible.
Una mezcla de shock, de alivio por el final de aquellas horas de contracciones y dolor, y una felicidad inmensa.
La felicidad de haber traído al mundo algo que había creado yo.
Si uno se detiene a pensarlo, los hijos son un poco magia.
Crecen dentro de nosotras, dan patadas, provocan acidez… y luego nacen.
Pero en realidad se quedan dentro para siempre.
Samuele es así.
Es el amor de mi vida.
Ha sido el impulso y la razón de todos estos años.
De alguna manera también ha sido mi compañero de aventuras, porque hemos crecido juntos.
Cuando nació yo era muy joven, inexperta, y seguramente cometí muchos errores.
Pero el amor que sentí por esos ojos dulces y esos rizos rubios nunca tuvo límites.
Ha sido increíble verlo gatear, ponerse de pie, correr, decir sus primeras palabras, crecer, cambiar, superarse.
También hemos vivido momentos difíciles.
Momentos en los que nos encontramos llorando en las escaleras de una casa ya vacía.
Y otros en los que cantábamos a pleno pulmón en el coche, solo para ahuyentar el dolor.
Somos dos almas muy conectadas.
Empáticas.
Sentimos cuando el otro está preocupado, cuando algo no va bien.
Pero también hacemos muy buen equipo.
Reímos, bromeamos, nos tomamos el pelo.
Nunca he sido su amiga.
Nunca he creído que tuviera que serlo.
Siempre he intentado ser su madre.
Quizás una madre un poco más cercana a sus gustos musicales o a sus “tonterías” adolescentes… pero siempre madre.
Samuele es fantástico.
Es responsable, bueno, con un corazón enorme.
Es un gran amigo y un buen hermano.
Es un gran trabajador y un estudiante no especialmente apasionado… pero qué más da.
Es educado, sabe lo que significa el respeto y conoce el valor de la familia.
¿Su único defecto?
Pierde la paciencia un poco demasiado rápido.
Pero es algo que el tiempo, poco a poco, pondrá en su sitio.
Samuele no es de los que hablan mucho de sus emociones.
A veces parece cerrado.
Pero cuando te deja entrar en su mundo es capaz de regalarte emociones profundas, verdaderas.
Nos parecemos mucho.
Por suerte… y a veces, por desgracia.
Sé que logrará hacer lo que quiera en la vida.
Lo único que espero es que aprenda a protegerse del mundo mejor de lo que lo hice yo.
Porque quien tiene un corazón grande, muchas veces, corre el riesgo de sufrir más.
Y luego llegó él.
Mr. No.
Un pequeño regalo en un momento de total confusión del corazón.
Su llegada trajo una alegría que parecía perdida desde hacía tiempo.
No fue fácil.
Mattia siempre ha sido un huracán.
Fuerte, huraño, a veces incluso antipático.
Hacer que hiciera algo que no quería era una batalla constante.
Él también ha sufrido. Mucho.
Probablemente sin entender por qué.
Y quizá fue precisamente ahí, en ese caos, en esa dificultad, donde empezó a construir la persona que es hoy.
Pero luego… chicos, qué cambio. Qué fuerza.
Qué determinación.
Mattia es una máquina de guerra.
Fuerte, íntegro, exigente consigo mismo y con los demás.
Serio, casi siempre.
Introvertido, con poca paciencia para lo que no le interesa.
Pero cuando encuentra algo que ama… se transforma.
El deporte, para él, no es solo una pasión.
Es disciplina, es desahogo, es identidad.
Es su manera de estar bien, de ordenar sus pensamientos, de soltar todo lo que lleva dentro.
En todo lo que hace pone todo de sí. Siempre.
No conoce medias tintas.
Y quizá es precisamente ahí donde se ve realmente quién es.
Y aun así, a pesar de todo, es inmenso.
Su sonrisa puede cambiar el mundo.
Su fuerza calma las tormentas.
Su determinación lo llevará a cualquier lugar.
Siempre a lo más alto.
Físicamente nos parecemos, así que me parece guapísimo… (jeje).
El carácter, en cambio, es completamente distinto al mío.
Mattia sabe anticipar el dolor y sabe cuándo apartarse.
Entiende lo que está bien y lo que no, sin necesidad de palabras.
Ama profundamente.
A sí mismo.
A las personas que se merecen su corazón.
Y entre ellas, de una manera especial, está su abuelo.
Con él tiene un vínculo que va más allá de las palabras.
Hecho de miradas, de silencios, de presencia.
De enseñanzas que no siempre se dicen, pero que permanecen dentro.
En él ve una fuerza antigua, una guía.
Y, quizá sin darse cuenta, lleva adelante algo suyo cada día.
Reflexiona, trabaja, estudia.
Nunca pierde de vista sus objetivos.
A veces parece un tren imparable.
No habla mucho. No lo necesita.
Una sola mirada cuenta todo el mundo que lleva dentro.
Y a pesar de la distancia, de los retos, de los abrazos a veces perdidos… él es yo.
En las noches sin dormir buscando un porqué.
En los momentos de rabia o de mal humor.
En la alegría cuando alcanza un objetivo por el que ha puesto toda su fuerza, voluntad y pasión.
A veces, al observarlo, no logro entender cómo es posible que haya llegado a ser así.
No ha sido fácil. Para nada.
Pero una cosa es segura:
nunca se ha rendido.
Y sé que nunca lo hará.
Concluyo estas palabras con la certeza de que cada sacrificio hecho en estos años ha encontrado su sentido.
No quedan el cansancio ni las renuncias… queda su camino.
Verlos avanzar, elegir su propio rumbo y recorrerlo con valentía, incluso cuando todo es incierto, es una alegría silenciosa e inmensa.
En sus pasos seguros, en los valores que los guían, se refleja todo el amor dado, cada espera, cada miedo, cada sueño guardado.
Y entonces sí, bravo por ellos…
pero, con una sonrisa que viene de lejos, también me lo digo en voz baja a mí misma: lo he conseguido.
No ha sido fácil, pero ha sido verdadero.
Y hoy basta con mirarlos para saber que realmente ha valido la pena.






















