En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.

Algunos lugares terminan en tu itinerario después de semanas de planificación.

Otros, en cambio, llegan casi por casualidad.

Esta parte del viaje no estaba en mis planes.

Una desviación de último momento, tomada tras mi llegada a Madrid, me llevó por otro camino… y debo admitir que fue de esas decisiones improvisadas que terminan regalándote las sorpresas más bonitas.

De repente, me encontré en un paisaje que parece pertenecer a otra época.

Una tierra donde la historia se respira en cada rincón: castillos, molinos, fortalezas, armaduras, espadas y escudos.

Todo contribuye a crear la atmósfera de un relato antiguo.

Paseando por estos lugares, tuve casi la sensación de que alguien seguía escribiendo los últimos capítulos de aquella historia.

Como si el tiempo aquí transcurriera de otra manera.

Y luego están ellos: los molinos.

Alineados en la colina, blancos contra el cielo y el viento de La Mancha, parecen aún esperar a ese caballero un poco loco que un día decidió enfrentarlos, confundidos con gigantes.

Las fotos que ven fueron tomadas en Consuegra.

Había leído que aquí se encuentran algunos de los molinos de viento más bonitos de la región… y debo decir que las expectativas no me decepcionaron.

Frente a la fila de molinos que domina la colina, con el castillo detrás y la llanura de Castilla-La Mancha extendiéndose hasta el horizonte, no cuesta entender por qué este lugar se ha convertido en uno de los símbolos más emblemáticos de la zona.

Si Consuegra parece salida de un capítulo de Don Quijote, Toledo es toda una historia. Una ciudad estratificada, intensa, donde cada piedra parece guardar un relato.

Llegué a Toledo a primera hora de la mañana.

Como suele pasar con las ciudades, entrar con la autocaravana no es posible, así que tuve que aparcar a Ettore fuera de la ciudad.

Desde allí me esperaba una caminata de casi tres kilómetros para llegar al centro.

Al principio era solo una calle que subía lentamente.

Luego, tras una curva, ocurrió algo.

De repente, Toledo apareció ante mí.

Arrostrada sobre la colina, rodeada por el río, parecía más una fortaleza antigua que una ciudad.

Cuanto más me acercaba, más crecía la curiosidad de descubrir qué se escondía entre esos muros.

Una vez dentro, empecé simplemente a caminar, dejándome guiar por los callejones.

Calles de piedra, pasadizos, descensos empinados con adoquines bajo los pies y portones antiguos que parecen custodiar historias de siglos.

Quizá lo único que me faltara era una armadura… pero luego pensé que ni la mejor espada del mundo me serviría.

La verdadera batalla es protegerme de mí misma… y esa, ay, es completamente interna.

Mañana seguimos con la aventura…