El viaje continúa.

No tengo un destino realmente definido, y quizá precisamente ahí está lo bonito.

Solo sé que quiero moverme, explorar, conocer lugares nuevos.

Cada desplazamiento nace de una intuición, de una sensación del momento.

Esta vez le tocó a Málaga.

Llegué poco antes de la hora de comer, con esa calma típica de quien no tiene horarios que respetar.

Decidí quedarme cerca del palacio de deportes: lejos del centro, pero lo bastante cerca del metro como para poder moverme con comodidad.

Después de un pequeño recorrido de reconocimiento para entender dónde instalarme, elegí una calle tranquila donde también había otras furgonetas aparcadas.
La que estaba justo frente a mí no me inspiraba demasiada confianza —música house a todo volumen nada más llegar—, pero al final decidí quedarme.

A veces viajar también significa confiar en el instinto, pero sin dejarse condicionar demasiado.

El día en Málaga fue sorprendentemente agradable.

El metro está bien organizado y es funcional, perfecto para llegar al centro sin preocupaciones.

Como hago en cada ciudad nueva, empecé a caminar hacia los lugares que quería ver, pero sin un itinerario rígido.

Me gusta dejarme distraer: un callejón, una plaza, un detalle que llama la atención pueden cambiar completamente el recorrido.

A menudo decido meterme por calles que prometen algo diferente.

Intento caminar sin el teléfono en la mano, sin mapas abiertos, y simplemente ver a dónde llego.

Es una manera de sentirme realmente dentro del lugar, no solo de paso.

No podía renunciar a la subida hacia el castillo —obviamente toda en pendiente—, pero la vista compensa cada paso.

Desde lo alto, la costa se abre ante los ojos y por un momento todo se ralentiza.

¿Y qué mejor manera de terminar que con un calamar frito crujiente y una caña bien fría? Pequeñas recompensas que saben a viaje, a mar y a España.

Málaga es una ciudad viva, pero no caótica; recogida, pero llena de energía. Calles llenas de gente, tiendas, tabernas, artistas callejeros, parques y monumentos.

No es enorme, pero sabe hacerse recordar.

UN ENCUENTRO ESPECIAL

En Málaga, sin embargo, más que un paseo por la ciudad, fue un encuentro especial.

Hay personas con las que sabía que podía cruzarme durante mi viaje y a las que les había dicho que me haría ilusión volver a ver.

Irene es una de ellas.

Compartimos varios años trabajando juntas en That’s Amore: años de grandes risas, confidencias y mucho trabajo.

No faltaron discusiones ni malentendidos, y el final no fue de los mejores. Y aun así, a pesar de todo, el vínculo siempre se mantuvo.

Lo más bonito fue precisamente eso: reencontrarnos y descubrir la alegría de contarnos todo.

Más de seis horas ininterrumpidas de conversación, y otras tantas caminando junto al mar.

Fue bonito recordar los momentos vividos y darse cuenta de que la mayoría de los que quedaron en el corazón son extremadamente positivos.

Cuando las cosas no terminan de la manera correcta siempre queda un pequeño vacío dentro.

Y darse cuenta de que era solo una proyección de la mente, poder tocar con la mano lo bonito y genuino que ha quedado, sentirlo en un abrazo y verlo en la felicidad de nuestras miradas… fue profundamente sanador.

Al final, That’s Amore también quería ser esto: crear vínculos capaces de durar en el tiempo.

Y hoy puedo decir que estoy orgullosa de haberlo conseguido.