Las palabras no son aire.
No son un sonido que vibra y luego se desvanece.
Las palabras permanecen.
Se apoyan sobre nosotros, se meten bajo la piel, se cuelan en los pensamientos y allí construyen su casa.
A veces acarician. A veces excavan.
Hay quien las usa con ligereza, como si fueran piedrecitas que se lanzan sin consecuencias.
Pero quien ha crecido con las palabras, quien en las palabras ha encontrado refugio, sueños, respuestas, sabe que nunca son solo palabras.
Son puentes.
Son llaves.
Son heridas.
Con las palabras aprendemos a conocernos.
Preguntamos, contamos, explicamos nuestro dolor.
Damos forma a los sentimientos que de otro modo quedarían confusos.
Las palabras nos permiten existir ante los ojos de los demás.
Y precisamente por eso no pueden subestimarse.
Porque una palabra dicha con rabia no desaparece cuando termina la frase.
Queda suspendida. Se repite en la mente.
Vuelve por la noche, frente al espejo.
Vuelve en los silencios.
Vuelve cuando menos lo esperas.
Un “me das asco” no se disuelve con el tiempo.
Un “no vales nada” no se evapora.
Un “estás equivocada” encuentra espacio e intenta echar raíces.
Es cierto: somos nosotros quienes decidimos cuánto peso darle a lo que escuchamos.
Pero ¿cuánto sería distinto el mundo si antes de hablar nos detuviéramos un instante?
Si existiera un pequeño freno capaz de hacernos pensar dónde irán a posarse nuestras palabras, qué grietas podrían agrandar, qué certezas podrían borrar.
No hace falta ser eruditos.
Hace falta ser humanos.
Quien te quiere, incluso cuando está enfadado, elige no destruirte.
Elige palabras que expliquen, no palabras que humillen.
Porque el amor no usa las frases como armas.
Y, sin embargo, las frases permanecen.
Resuenan como flechas en el corazón.
Se insinúan entre los pensamientos.
Te miran desde los ojos reflejados en el espejo.
Y es ahí donde empieza la lucha.
Es ahí donde eliges si creer en esas definiciones o reescribir tu verdad.
En los kilómetros interiores que recorro en silencio, por fin estoy intentando sanar las grietas creadas con el tiempo.
Una a una.
Estoy interrogando a esas palabras, preguntándoles si realmente son ciertas.
Y poco a poco las veo perder fuerza.
Se desvanecen.
Se alejan.
Porque yo no soy lo que alguien dijo en un momento de rabia.
Nadie es la peor frase que ha recibido.
Las palabras pueden hacer sentir fuertes a quienes las pronuncian con maldad.
Pero pueden quebrar a quien las recibe, a quien intenta guardarlas hasta que el recipiente se llena demasiado y la única defensa se vuelve alejarse.
Y sin embargo, las palabras podrían hacer otra cosa.
Podrían sanar.
Podrían sostener.
Podrían iluminar.
Las palabras son luz, no armas.
Son semillas, no piedras.
Las palabras tienen peso.
Y lo que se dice, permanece.
Siempre. ✨

Una palabra muere cuando se dice, dicen algunos.
Yo digo que apenas empieza a vivir ese dia.


