Me enseñaron siempre que las caídas forman parte del camino.

Que equivocándose se aprende.

Que, incluso cuando todo parece complicado, la fuerza de voluntad y un poco de sacrificio bastan para volver a ponerse en pie.

Y al final es verdad: las enseñanzas son fundamentales.

Incluso cuando no las compartes del todo, incluso cuando duelen, incluso cuando te obligan a mirarte por dentro más de lo que te gustaría.

Yo, de estas últimas caídas, todavía tengo los moratones.

Creo que es evidente.

Pero siento que el dolor se está moviendo, se está disolviendo.

Las piernas tiemblan menos.

La rabia se ha transformado en unas ganas obstinadas de lograrlo.

Y esas ganas, poco a poco, me están levantando.

Así que sí: intentemos renacer.

No con gestos grandiosos, sino con pequeños pasos.

Con pequeñas atenciones.

Con actos de amor hacia mí misma y hacia lo que me rodea.

He empezado a hablarme de la manera correcta, porque las palabras que nos decimos son fundamentales.

He dejado espacio a una sonrisa nacida de una canción que hace latir el corazón.

Me he puesto tiritas enormes e impermeables sobre las heridas.

He escrito frases en la autocaravana para recordarme el porqué: por qué no quería seguir donde estaba, por qué lo que tenía no era bueno para mí, por qué no era feliz.

Para renacer, primero hay que curar.

Y la cura, lo sabemos, es larga, complicada, a veces torcida.

No siempre la afrontamos de la mejor manera.

Pero llega un momento —siempre— en el que algo vuelve a funcionar.

Los pensamientos se vuelven ligeros.

Una pequeña alegría consigue de nuevo cambiarte el día.

Un gesto, una mirada, un mensaje que llega despacio, casi sin ruido, te recuerda que vale la pena seguir adelante.

Y mientras todo esto se mueve, tú también empiezas a moverte de nuevo, poco a poco, como si el cuerpo ya supiera la dirección antes que la mente.

Y es justo aquí donde hay que recordar una cosa: no te dejes atrás, ni siquiera ahora que estás arrancando de nuevo.

Abrázate fuerte.

Funciona.