Desde hace tiempo quería escribir este artículo.
Estaba ahí, disperso: un poco en mi cabeza, otro poco en el Moleskine, un borrador perdido en el ordenador y, sobre todo, un peso silencioso en el corazón.
Estoy detenida.
Desde hace ya un tiempo.
Casi cuatro semanas.
Quizá todo estaba escrito así desde el principio, y simplemente tenía que suceder.
En el momento más delicado de este viaje‑búsqueda, tuve que parar.
Y no por voluntad propia.
Ettore no pasó la ITV.
No por un fallo del motor ni por un problema de funcionamiento —eso habría sido casi fácil— sino porque, en el cambio de matrícula, nadie homologó ni el panel solar ni el toldo.
Y entonces llegó lo de siempre: burocracia áspera, distancia, esperas que se alargan, puertas que se cierran y se vuelven a abrir.
Con esfuerzo conseguí que el ingeniero preparara el nuevo proyecto, y ahora espero los documentos de la oficina técnica para volver a la ITV.
Ojalá esta vez pueda pasar el control y seguir mi camino.
No lo niego: han sido días de ansiedad, de respiraciones cortas, de ataques de pánico que aparecían sin avisar.
Estar sola, parada, con Ettore, en la incertidumbre absoluta, me golpeó justo cuando ya estaba emocionalmente frágil.
Las emociones negativas se turnaban en mi cabeza sin descanso.
Llegué muy abajo: vacía, desanimada, asustada, bloqueada.
Justo cuando mis energías vitales estaban en cero.
En medio de esa confusión no siempre tomé decisiones acertadas.
Algunas, de hecho, fueron auténticas cagadas siderales.
Quizá debería haber escrito todo lo que sentía, pero era tan oscuro y tan feo que no quería dejar constancia.
Ahora, sin embargo, parece abrirse un pequeño resquicio de luz al final del túnel.
Si todo va bien, esta semana podré deshacer este nudo, y de verdad espero lograrlo, porque el cansancio empieza a pesar demasiado.
Y nada… esto es lo que hay.
No sé si los kilómetros internos de este tiempo han servido para algo.
Los habría evitado sin dudarlo: han sido más duros que todas las carreteras que he recorrido hasta ahora.
Alguien me dijo que quizá tenía que ser así, que quizá lo necesitaba para resolver, descubrir, soltar definitivamente y prepararme —sin restos inútiles— para lo que viene.
Que, por alguna ley misteriosa del universo, debería ser tan bonito que casi duela.
Así que sí: detenida.
Pero ya lista.


