Sabía que tarde o temprano llegaría este momento.

Lo sentía deslizarse hacia mí, como una marea lenta.

Y aun así, incluso cuando lo intuyes, nunca estás preparada para verte derrumbarte.

En los últimos meses se han acumulado muchas cosas, todas pesadas, todas decisivas.

Y ahora estoy aquí, sentada entre los fragmentos, intentando entender cómo volver a unir las piezas en las que me he roto.

Pero la verdad es que no sé por dónde empezar.
Ni siquiera sé si soy capaz.

Me siento perdida.
De verdad perdida.

Decepcionada. De mí misma, de las decisiones que he tomado, de las que no he tenido el valor de tomar.
Y quizás también un poco de la vida, aunque da casi miedo admitirlo.

Estoy enfadada.
Confundida.
Asustada de una manera que me bloquea, que me paraliza.

A veces me quedo quieta, sin poder hacer nada, como si cualquier dirección fuera equivocada.

Y todo esto lo estoy atravesando sola, aquí, en la furgoneta.
En un silencio que a veces consuela, pero otras veces lo amplifica todo.

Este viaje no es solo carretera, viento y nuevos horizontes.

Es un viaje dentro de mí.

Es mirarse por dentro, de verdad.
Y quema.

Duele de una manera que no se puede contar sin temblar.

Para encontrarse, también hay que perderse.

Completamente.

Y así estoy aquí: sin máscaras, sin protecciones, sin fuerzas…

Soy simple, desnuda, en mi fragilidad más verdadera.

He devuelto mi vestido de mujer invencible y me he puesto el mío: ligero, un poco gastado, con algún desgarro.

Pero es mío.

Y dentro de él estoy, por fin.

Aunque a veces no me reconozco.
Aunque a veces no me gusto.

He dejado ir todo.

Y he dejado que llegue lo que tenía que llegar.

Dar espacio al dolor es un ejercicio feroz.

No frenarlo, no huir, dejar que mente, corazón y cuerpo sean arrastrados por olas que no sabes gobernar… da miedo.

A veces parece que me estoy hundiendo.

Y la verdad es que, en ciertos momentos, tengo miedo de no conseguir salir a la superficie.

Y aun así, estoy aquí.

Sigo viva, aunque me siento como si me hubieran golpeado de mil maneras distintas.

Pensaba que el “km cero” era la partida.

Quizás me equivocaba.

Quizás el verdadero km cero es este: el punto en el que te derrumbas, te asustas, te rindes… y por fin entiendes que es hora de reconstruir.

A mí misma.

Mi vida.

Mis pensamientos.

Mi futuro.

Mi corazón.

Ettore me contiene así: con mis piezas rotas, con mi silencio, con mis lágrimas, y con esta obstinada ganas de renacer que, a pesar de todo, sigue latiendo.

Y mientras respiro despacio, vuelve a mí la tinta en mi piel: el tiempo marca cada cosa.

Quizás no sanaré mañana.

Quizás tampoco pasado mañana.

Pero el tiempo me sostiene, incluso cuando yo no puedo.