La aventura de Chilometridime no está organizada con etapas rígidas ni fechas precisas.
Es un viaje que se construye sobre la marcha, un equilibrio entre la naturaleza y el descubrimiento de ciudades que hasta ayer eran solo nombres en el mapa.
Después de dos semanas parada, bloqueada por el mal tiempo, sentí la necesidad de una inmersión completa en movimiento. Así que me dirigí a mi primer verdadero destino: Sevilla.
Para evitar complicaciones logísticas, elegí alojarme en un pueblito cercano, Mairena de Aljarafe, perfectamente conectado con el centro por metro. Quince minutos de viaje y me encontré catapultada a un espectáculo: una ciudad donde la esencia de España está arraigada en cada piedra, en cada sonido, en cada mirada.
En dos días caminé casi 30 kilómetros. Exploré el centro histórico, recorrí sin rumbo el barrio de Triana, respiré la magia del Parque María Luisa.
Había mucha gente, muchísimos turistas, millones de rostros diferentes. Todo se movía al ritmo de la sevillana y del flamenco, entre guitarras y castañuelas que llenaban el aire de energía viva.
Como siempre, observé todo con atención. Me dejo atraer más por los detalles históricos, por las particularidades que cuentan un pasado lejano, que por las cosas simplemente “bonitas”.
Y ese es justamente el privilegio de viajar sola: decidir qué ver, cuándo detenerse, cuánto quedarse. Sin compromisos. Sin prisa impuesta.
La emoción frente a la belleza
De todo lo que vi, el lugar que más me impactó fue la Plaza de España.
La encontré mágica. Imponente y delicada al mismo tiempo.
El segundo día tuve la fortuna de asistir a un pequeño espectáculo organizado por una asociación cultural. La protagonista era una señora de casi ochenta años que bailaba y cantaba como si tuviera veinte.
Tenía una energía arrolladora. Una luz en los ojos que hablaba de vida vivida, pero sobre todo de vida aún por vivir.
Me encontré llorando.
Un llanto de esperanza.
Quizá en este viaje tengo las emociones a flor de piel, quizá estoy aprendiendo a sentir todo con más intensidad. Pero al observarla entendí algo: los límites que nos imponemos casi siempre son mentales.
Ella no solo estaba bailando.
Estaba haciendo lo que amaba. Y se notaba.
Y fue imposible no preguntarme: ¿quizá el secreto de estar bien sea esto mismo? Hacer lo que nos enciende por dentro, sin preocuparnos por la edad, el juicio, las expectativas.
Una pregunta abierta
Si hay algo que Sevilla me ha enseñado es que la felicidad no es algo lejano ni extraordinario. Es presencia. Es pasión. Es elegir cada día dar aunque sea un pequeño paso hacia lo que nos hace sentir vivos.
¿Y tú, qué opinas?
¿Crees que la felicidad se encuentra… o se construye? ✨













