Si hubiera sido fatalista, podría haberlo leído como una señal.

Lunes 2 de febrero. Llego a Cádiz en barco.
El cielo decide recibirme así: lluvia intensa, continua, sin tregua.

¿Un comienzo épico? No exactamente.

Ni siquiera tuve tiempo de sentirme desafortunada. Había cosas concretas que resolver: bombonas, gas, conexión. Cuestiones prácticas que no esperan el estado de ánimo de nadie. La mañana se pasó volando entre llamadas, intentos y pequeños problemas que resolver. La adrenalina fue mi manta.

Luego me puse en camino hacia Chipiona.
Allí me esperaba Silvina —“latanaviajera”—, a quien conocí en el grupo de Facebook Chicas Camper. Una mujer generosa, una presencia amable en un momento en el que lo necesitaba desesperadamente.

Porque la verdad es esta: tenía miedo.
Miedo de estar sola. Miedo de no ser capaz. Miedo de no saber adónde ir.

Ettore y yo, al comienzo de todo.


La semana de las tormentas

Apenas llegué, el clima decidió ponerme a prueba.

Una semana entera de lluvia, viento y tormentas.

Primero Leonardo, con granizo incluido.
Luego Marta, con ráfagas muy fuertes y el cielo oscuro.
Y por último Nils.

Parecía casi una procesión.

Fuera reinaba el caos. Dentro, poco a poco, empezaba algo distinto.

Elegí quedarme. No huir. Usar ese tiempo suspendido para conocer de verdad a Ettore —y quizá también a mí misma.

La primera compra.
El primer vaciado de aguas grises.
La primera limpieza del WC (momento poco poético, pero altamente formativo).
Las primeras indicaciones del navegador.
Las primeras noches sola.

El silencio.

El aburrimiento.

La paz.


Más pensamiento que acción

No hice grandes cosas.
Algún paseo junto al mar. Un paseo en bicicleta bajo la lluvia, más por desesperación que por espíritu deportivo.

Pero pensé.

Escuché mi corazón.
Lloré. Mucho.
Quizá porque era el momento de hacerlo.

La nostalgia se hizo sentir, aunque —paradójicamente— nunca había sentido a mi gente tan cerca.

Coloreé mandalas.
Mejoré el blog.
Cociné, escuché música, empecé a escribir en mi Moleskine.
Aprendí a ducharme en un espacio diminuto sin convertir todo en una piscina.
Tomé las medidas de mi nuevo mundo.

Encendí velas e incienso.
Dormí.
Vi películas.

Fuera, tormenta.
Dentro, reajuste.


Quizá este era precisamente el comienzo

No era el inicio que había imaginado.

Pensaba en atardeceres espectaculares, libertad inmediata, ligereza.
En cambio encontré lluvia, viento, silencio y miedo.

Pero quizá era exactamente lo que necesitaba.

Antes de correr, tenía que detenerme.
Antes de explorar el mundo, tenía que aprender a estar conmigo misma.
Antes de la aventura, la raíz.

Ettore y yo empezamos así:
entre una tormenta y una vela encendida.

Y ahora sé que no fue mala suerte. ✨