
No hay cosa que aproveche tanto como el estarse quieto,
hablando lo menos posible con los demas
y muchisimo con uno mismo.
Desde que me fui, ha habido algunos momentos en los que he entrado en crisis.
Creo que lo más difícil de afrontar no son las distancias, ni los cambios.
Son los silencios.
Hay días en los que, sin darme cuenta, paso casi completamente en silencio. A veces es una pausa amable, diría que necesaria. Otras veces me molesto conmigo misma, como si estuviera evitando algo.
Luego están esos silencios que cambian de forma.
Ya no son vacío: se convierten en ruido.
Un ruido ensordecedor hecho de confusión, de preguntas sin respuesta, de “si” y de “pero” que regresan puntuales. Vuelven a los pasos dados, a las cosas que han sucedido. Se entrelazan con frases desagradables que he leído, con recuerdos que se han desvanecido demasiado rápido.
Son silencios pesados, a veces incómodos, que te dejan sin aliento.
No siempre sé cómo salir de ellos.
Cada vez intento algo diferente: salgo, camino, leo, escribo.
A veces me quedo quieta y los escucho, incluso cuando duelen.
Estoy aprendiendo a convivir con ellos.
Estoy aprendiendo que el silencio no siempre es un enemigo. Que dentro de ese ruido también hay claridad, si tengo el valor de quedarme.
Y mientras pongo orden en mis pensamientos, me vuelvo cada vez más consciente de lo que he hecho, de lo que quiero ser y, sobre todo, de lo que ya no estoy dispuesta a ser.
Pensamientos de un martes por la tarde, dentro de Ettore, esperando a que el día termine.
¿Y vosotros, cómo afrontáis vuestros silencios?
Si os apetece, contádmelo.
Me gustaría leer vuestras historias. ✨



